Cualquier corredor profesional sabe que el ritmo que se dé a la caminata debe ser siempre constante. No se puede uno detener, porque llega el cansancio o el sofoque pues, tarde o temprano, se acaba por dejar la marcha. Esto es lo que las virtudes hacen en la vida espiritual: ayudan a caminar constantemente por la vía de la perfección. Y, ¿se puede ser perfectos? Sí, pero al modo humano. ¿Es decir? Que se puede ser perfecto, pero con defectos y caídas. No podemos ser santos como Dios o como los ángeles. Tampoco somos máquinas que nos dan una orden de “no pecar” y ya. No. Nosotros caemos y nos levantamos. Y, sobre todo, buscamos amar. Esa es la perfección humana.
Pero en este recorrido, necesitamos continuamente de ayuda: somos, si se me permite la expresión, discapacitados de la gracia. Sin Dios, nada podemos hacer. Y por eso Él nos concede su ayuda constante.
En la primera parte de este artículo, analizábamos las virtudes cardinales, esa colaboración nuestra en nuestro camino de santidad. Hoy veremos las virtudes teologales, el punto de encuentro entre Dios (que nos las regala) y nosotros (que debemos cultivarlas). Ellas son el empuje de Dios para nuestra carrera; la savia que riega toda la planta de nuestra vida.
Aquí va, pues, esta segunda parte de esta exposición musical sobre las virtudes.



