sábado, 29 de septiembre de 2012

Mi verdadera autobiografía

Mañana, si Dios quiere, cumplo 34 años de vida, un día propicio para elevar a Dios la mirada y agradecer todos los dones que en este recorrido vital me ha regalado.
 
Mientras más pasa el tiempo, me he ido preguntando si un día escribiré mi autobiografía, ese sueño que todo escritor anhela cumplir y al que, por lo menos eso parece, aún me falta mucho por llegar. Porque intuyo que Dios me tiene preparado un camino largo para seguir dando lata por este valle de lágrimas... sobre todo porque no estoy para nada preparado para encontrarme con Él en el cielo. He sufrido aún muy poco por Dios y por los hombres.
 
Sea lo que sea, ¿qué escribiría en mi autobiografía? ¿A qué etapas le daría revelancia? ¿Mi nacimiento, mi niñes, la etapa familiar de los primeros años, mi vocación al sacerdocio en la Legión de Cristo? ¿Y si se me escapan hechos que, aunque pequeños, forjaron parte esencial de mi vida?


Tal vez por eso, siempre me ha gustado la introducción que Mons. Fulton Sheen hizo de su propia autobiografía llamada "Tesoro en barro", una de cuyas partes quisiera compartir con todos ustedes. El título lo dice todo: "Mi verdadera autobiografía".
 
Carlyle se equivocaba cuando decía: «nunca se ha escrito fielmente la biografía de un hombre». ¡La mía sí! La tinta usada fue sangre; el pergamino, piel; la pluma, una lanza. Más de ochenta capítulos componen este libro, cada uno por un año de mi vida. Aunque lo tomo entre mis manos cada día, nunca leo lo mismo en él. Mientras más pongo mis ojos en sus páginas, más siento la necesidad de escribir mi propia autobiografía para que todos puedan ver lo que yo quiero que vean. Pero mientras más fijo mi mirada en él, más me doy cuenta de que todo lo que ha valido la pena en mi vida ha sido recibido como un don del cielo. ¿De qué, entonces, me podría gloriar?
Esa vieja autobiografía era como el sol. Mientras caminaba alejándome cada vez más de él, más profundas y largas se proyectaban las sombras ante mis ojos: arrepentimientos, remordimientos y miedos. Pero al caminar hacia él, las sombras quedaban detrás, menos impresionantes, aunque aún recordatorios de lo que había dejado sin hacer. Pero cuando tomo este libro en mis manos, ya no hay sombras ni atrás ni delante, sino la alegría suprema de ser inundado de luz. Era como caminar directamente bajo el sol, sin espejismos, sin fantasmas que seguir. 
Esa autobiografía es el crucifijo - la historia de mi vida vista por dentro; no del modo como transcurre en la línea del tiempo, sino como ha quedado grabada y escrita en el Libro de la vida. No es la autobiografía que les cuento, sino la autobiografía que leo para mí mismo. En la corona de espinas, veo mi orgullo; mi querer agarrar las alegrías terrenas, en las Manos perforadas; mi huida del cuidado pastoral, en los Pies traspasados; mi amor derrochado, en el Corazón llagado, y mis deseos lascivos en la carne que cuelga de Él como harapos de púrpura. Casi cada vez que doy vuelta a una página de ese libro, mi corazón llora por lo que eros ha hecho a agape, lo que el «yo» ha hecho al «», lo que el amigo profeso ha hecho al Amado.

En esa autobiografía ha habido momentos en que mi corazón saltaba de alegría al ser invitado a su Última Cena; en que me acongojaba porque uno de los míos se apartaba de Su lado para ampollar sus labios con un beso; en que traté, a tropezones, de ayudarle a cargar Su patíbulo hasta el Monte de la Calavera; en que me acerqué unos pasos más a María para ayudarle a sacar de su corazón la espada afilada; en que deseaba ser, hoy y siempre, un discípulo llamado «amado»; en que me regocijé al traerle otras Magdalenas a la cruz para convertir nuestro amor a medias en un amor total; en que traté de imitar al centurión y acercar un poco de agua fresca a unos labios sedientos; en que, como Pedro, corrí a la tumba vacía, y entonces, en la orilla del lago, Él destrozó mi corazón mil veces preguntándome una y otra vez a lo largo de mi vida: «¿Me amas?». Éstos son los momentos más edificantes de la autobiografía, que pueden escribirse como una segunda y menos auténtica edición de la autobiografía real escrita hace dos mil años. 


Lo que se contiene en esta edición no es toda la verdad – las Cicatrices son toda la verdad. Mi vida, como yo la veo, se cruza con el crucifijo. Sólo nosotros dos –el Señor y yo– la leemos, y mientras avanzan los años, pasamos más y más tiempo leyéndola juntos. Lo que se contiene en ella será dado a conocer a todo el mundo en el Día del Juicio.

 
Les invito a que eleven conmigo un Magnificat a Dios por todo lo que me ha dado en estos 34 años de vida. Y que me permita, por el resto de vida que me quiera regalar, cargar con Él, subiendo al Calvario, la Cruz que quiera a bien darme.

8 comentarios:

  1. Pater, Grande!!!! siga siendo un vivo testigo del Amor de Dios en tantas almas!!!

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  2. Sensacional post, Padre, e impresionante la introducción de Monseñor Fulton Sheen. Doy gracias a Dios porque un día me cruzara por casualidad (una de tantas "diosidades" diarias)con su perfil en Twitter y algo me animara a seguirle; doy gracias a Dios por su testimonio diario en las redes sociales. Doy gracias a Dios por sus 34 años.
    ¡Felicidades!

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  3. ¡Padre! Qué bella reflexión, porque, incluso para una autobiografía, se necesita valor: valor para recordar duros momentos, valor para enfrentar de nuevo los demonios que, quizá hasta hoy, nos siguen atormentando, valor para recibir críticas...pero estoy segura de que algún día estaremos leyendo, quizá ya con muchos años encima,canas y lentes de mucho aumento sus recuerdos jejeje.

    Dios lo bendiga.

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  4. Desde Asunción Paraguay, un gran saludo Padre!!!...Felicidades, Dios y La Virgen los siga bendiciendo!

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