martes, 11 de septiembre de 2012

Primer capítulo de una novela estancada que necesita ánimos para seguir adelante

He comenzado a escribir una novela. Bueno, comenzar no: llevo ya más de un año con el proyecto en mente y a veces me estanco y no salgo adelante... como ahora.

No obstante, me parece justo compartirles unas líneas (el primer capítulo) para que me den sus impresiones, me digan si les gusta, qué hacer, cómo mejorar. Para un novelista que está construyéndose, como es mi caso, toda recomendación es bien recibida. Y además, necesito ánimos para seguir adelante, pues el proyecto parece no salir adelante.

Cada capítulo está introducido por una especie de "flash-back" que se remonta a años atrás y que he llamado "ventanas", un término que no se entenderá sino hasta el final de la  novela.

Aquí se los dejo. Espero sus comentarios. ¡Un fuerte abrazo!
 

I



Primera ventana: 1993



Me gustó sentirme engullido por la Oscuridad; así nadie podría ver mis ojos relampagueando de odio. ¿Por qué los hombres son tan necios como para aparentar una felicidad que no viven? Fiestas, comidas, risas, noches de amor… todo caretas de una hipocresía repugnante. Tarde o temprano, como me pasó a mí esa noche, la Oscuridad, que ronda nuestra alma, siseará sus encantos.
Sí, hacía tiempo que su voz parecía carcomerme, pero las caricias de mi madre habían impedido el ascenso de su fuerza. De hecho, sólo los besos maternales y sus manos surcando mis mejillas eran capaces de hacerme sonreír. «¡Ya verás que salimos adelante, cariño!», me repetía con incansable optimismo, incluso tras las golpizas que mi padre le propinaba en sus alcohólicas locuras. Confieso que, dada la poca experiencia de mi corta edad, llegué a creerme que de verdad lograríamos ser felices y que algún día mi madre y yo escaparíamos del infierno en que vivíamos. Pero esa noche, mi estúpida ingenuidad pagó muy caro su precio: todas nuestras esperanzas se derrumbaron, por obra y gracia del puño de mi padre.
En la Oscuridad, con el rostro sangrante y sin vida de mi madre en mi regazo, todo el rencor de mis escasos nueve años explotó con una fuerza muy superior a mí. Besé la mejilla rojiza de mi madre por última vez y me puse en pie. La Oscuridad, empecinada, me susurraba en mi interior y, por fin libre de todo obstáculo, la escuché.
Con un frío control externo de mis movimientos, que incluso me sorprendió a mí mismo, abrí la puerta del cuarto donde mi padre, anestesiado por el whisky, roncaba sonoramente. Me acerqué. Al ver su boca abierta y babeante supe, sin ninguna duda al respecto, qué tenía que hacer…


͌


La vida de Ángel Montalvo comenzó la tarde que cumplió sus 21 años. Sentado en una playa cercana a la población francesa de Les Rouges, contemplaba el atardecer. Nadie había notado su presencia, acomodado como estaba en una pequeña excavación que encontró tras deambular sin rumbo fijo por la playa.
El paisaje se le antojó idílico: la brisa que le lamía el rostro, el mar que poco a poco se fundía con el horizonte, y el sol sonrojándose por tener que violar esa lejana unión.

–¡Qué cursilería! –se dijo Ángel–. ¡Cómo se nota que estoy melancólico! Es como cuando leo a Dickens. ¡Odio a Dickens! Bueno… no es verdad. Me gusta mucho, pero siempre me llenan de tristeza sus personajes. Tal vez por eso me he aficionado más a Wilkie Collins.

Volvió la mirada al paisaje. Un poco a su derecha, se encontraba el yate de la familia a la que había espiado hace poco y que ahora descansaba en su interior, dispuestos tal vez a pasar ahí la noche. Parecía que lo tenían todo. ¿Por qué él no podía ser así de feliz? ¿Qué condenado tornillo se había salido de la maquinaria de su existencia? Pero, después de todo, para eso había iniciado este viaje, para dar un sentido a su vida. Para encontrarse.
El rumor de un pequeño bote acercándose interrumpió su monólogo. Dos hombres remaban y sigilosamente –tal vez demasiado– se dirigían hacia el yate.
Sin saber muy bien el porqué, Ángel se adentró instintivamente en la pequeña cueva, para no ser visto. Cuando la barcaza pasó por delante de él, un miedo frío le recorrió la espalda al descubrir con bastante claridad las dos pistolas que colgaban de los hombros de los remeros. «¿Qué irán a hacer?», pensó.
Con una lentitud que a Ángel le pareció eterna, el bote llegó por fin al yate. Hecho esto, sus ocupantes treparon a la embarcación con una amenazante delicadeza felina y desaparecieron en el interior del camarote.  
El silencio gritaba a los oídos de Ángel. La indecisión le clavaba los pies; ni siquiera podía pensar. Pasado un tiempo, y cuando empezaba a convencerse de que tal vez eran sólo unos amigos de la familia, retumbó un chillido agudo y nítido, que le subió por el sistema nervioso. Sin saber muy bien lo que hacía, se lanzó al agua y llegó con prontitud a su objetivo. Justo cuando subía por la popa, dos hombres arrastraban con esfuerzo al niño que antes había visto nadar con alegría: apuntaban con sus armas al resto de la familia, que les miraban impotentes.
Sin medir la magnitud de la acción, se abalanzó al que amenazaba con su arma al pequeño y dio un golpe por la espalda. Se ve que no se esperaba el ataque. Cayeron los dos al suelo, enzarzándose en un forcejeo de golpes y arañazos. Ángel sabía muy bien que tenía todas las de perder –nunca había sido un buen luchador– pero eso no le impidió lanzar un par de puñetazos. Muy pronto, sin embargo, su oponente logró controlarlo y rodeándole el cuello con su potente brazo, le propinaba huecas trompadas a las costillas. «¡Menuda en la que me he metido!», se repetía Ángel entre sus propios gemidos de dolor. Por fin, algo pareció inquietar a su atacante, pues le arrojó con fuerza contra el suelo. Ángel no se rindió y, obstinado, se le lanzó a las piernas para tumbarlo, recibiendo, en respuesta, un rosario de patadas en el pecho y en la cara. Por fin, dos hombres de la familia llegaron en su ayuda y arrancaron a su contrincante en el preciso instante en el que Ángel recibía un fuerte puntapié en la sien derecha. Lo último que recordó antes de perderse en la inconsciencia fueron dos hermosos ojos azules que le miraban entre preocupados y agradecidos.




Cuando abrió los párpados, supo en seguida que había muerto. Delante suyo, un ángel le sonreía. Sus labios se movían, pero él no alcanzaba a escuchar qué le estaba diciendo. Estaba absorto en su rostro.

―Gracias por recibirme –susurró Ángel–. Nunca imaginé que los ángeles tuvieran un bello cabello rizado.

Para su sorpresa, el ángel se sonrojó y bajó la mirada. A su lado, otro espíritu entró en el arco de su visión. Femenino también, se dio cuenta que, aunque de más edad, compartía la misma belleza. «¡Qué increíble es el cielo!», pensó.
En ese momento, una barba con feo rostro apartó a las dos beatas visiones. ¿El demonio tiene barba? Pero al notar el dibujo de una cálida sonrisa se percató de su error. «Bueno, supongo que no todos serán mujeres… aunque me esperaba que sí bellísimos». Pero la barba parecía estar comunicándose con él, por lo que centró su atención.

―…y en ese instante recibiste la patada más sonora que he visto en mi vida. Todos creímos que te perderíamos, pero, gracias a Dios, los doctores lograron parar las hemorragias. ¡Pero de eso ya cinco días! Y luego… ¡Ja! Luego no hacías más que dormir y dormir. ¡Qué envidia! Pero supongo que después de tanto dolor, el descanso se goza de manera especial. Es lo de Tirso de Molina: «Para estimar el calor que ahora adquiero es necesario primero el frío experimentar». ¿Te gusta la poesía, hijo? Es el ápice de la forma literaria… Bueno, claro, ahora no tienes que responderme, con tanto cable y tanta cosa encima… ¡Que te mejores!

Y así como vino, desapareció. El interrogante que se le pintó a Ángel en la cara fue tal que los dos seres espirituales que le acompañaban estallaron en una carcajada. Cuando pudieron hablar, la de mayor edad comentó:

―Perdona. Pero aunque parezca extraño, mi marido acaba de manifestarte toda su gratitud por lo que hiciste por nosotros.
―¿Marido? –preguntó Ángel.
―Sí. Se llama Luis, por cierto. Yo soy Miriam y ésta es mi hija Lorena.

Dicho lo cual, gritó: «¡Manuel, Esteban! Venid inmediatamente». Ángel paseó la mirada hasta donde su arco de visión se lo permitió: blancas paredes, una televisión de plasma, algunos cuadros aquí y allá, un viejo crucifijo y la puerta por donde cruzaron dos personajes, un joven algo mayor que él y un niño de unos doce años. Los dos le sonreían y en su mirada descubrió el alivio de encontrarse con la suya.

―¡Vaya, el dormilón despertó! –comentó el mayor de ellos–. A ver si ya nos aclara las dudas.
―¡Déjalo reponerse, Manu! –le increpó su madre–. ¿No ves que apenas puede mover un músculo?
―Sí, ya veo. Y eso que Lorena no se le ha despegado y ha estado cuidándolo todo el tiempo.

Al notar que la chica se ruborizaba de nuevo, a Ángel le vinieron unas extrañas cosquillas al estómago.

―Bueno, ya está bien –puso paz Miriam–. Salid de una vez; sólo quería que lo vieseis despierto.
―Vale, vale. Ya nos íbamos, ¿verdad Esteban?

El pequeño asintió con la cabeza, pero no podía despegar los ojos de Ángel. Un leve empujón de su hermano mayor lo sacó de su ensimismamiento y salió de la habitación. La madre se dirigió al enfermo:

― Ya conociste a toda la familia, pero debes estar agotado. Te dejamos.

Pasó el brazo por el hombro de su hija y se dispuso a abandonar la habitación junto con ella. Al llegar al umbral de la puerta, se volvió de repente y le preguntó:

―¡Ah, perdón! Sólo una pregunta más. ¿Cuál es tu nombre?



Luis colgó el teléfono móvil. Suspiró resignado. La policía había hecho todo lo que estaba de su parte pero no habían logrado encontrar a los secuestradores. Es como si el mar se los hubiese tragado. «Un misterio, señor. Pero le prometemos que seguiremos investigando». Sí, ¡y un cuerno! ¿Cómo decía el poeta? «El cielo cae sobre el jardín obscuro y el viento busca entre los árboles la estrella escondida de la obscuridad». Demasiado obscuro y ninguna estrella. Y es que cuando intentaron darles caza en esa noche fatídica, los delincuentes se les escaparon. Pero, ¿qué hacer cuando te amenazan con un par de pistolas? Ni siquiera su hijo, siempre dado a la acción, intentó darles alcance con el bote de apoyo del yate. «Ahora lo importante es nuestro héroe, papá».
Sí, y luego estaba ese chico… Parecía un joven agradable, aunque algo tímido. Pero no es de extrañar con lo que ha pasado. Claro que el problema no era ése. ¡Nadie sabía de dónde venía! Ni la policía, ni la gente en Les Rouges, ni en los pueblos cercanos. Nada. Es como si hubiese caído del cielo. ¡Un ángel! Sí, parecía un ángel…
Desde el fondo del pasillo, Miriam se le acercó con un caminar preocupado. Se le plantó delante con una clara inquietud en los ojos.

―Luis, tenemos un problema.
―¿Le ha pasado algo al chaval?
―Indirectamente, sí.
―¿Se ha identificado?
―Indirectamente, sí.
―¿Podemos hacer algo nosotros al respecto?
―Indirectamente, sí.
―Miriam ¡Por Dios! ¿Me puedes responder a algo directamente? Con tanta indirección me estoy mareando.
―No sabe quién es.

Luis no comprendió.
―¿Perdona?
―Que el chico no tiene ni la más remota idea por qué está aquí, quién es, de dónde viene.
―¿Amnesia?
―Es lo que los doctores están tratando de averiguar ahora. Lorena y Manuel están sentados al lado de la cama tratando de hacer memoria con él, pero es inútil… ¡No! ¡No  el chico!, sino lo que los niños intentan conseguir con ese joven. No recuerda ni su nombre.
―«Soy un pobre desechado, de todo el mundo olvidado, y así me llaman Olvido».
―Esta vez sí que me tomas desprevenida. ¿Es Unamuno?
―No, querida, sino un poeta que no recuerdo su nombre. ¡Déjalo! Lo que importa es el pasado de nuestro desconocido intruso. Vamos con él.



NIÑO ES RESCATADO POR UN EXTRAÑO AMNÉSICO CAÍDO DEL CIELO.  ALGUNOS ASEGURAN QUE PUEDE SER UN EXTRATERRESTRE VENIDO A LA TIERRA EN MISIÓN DE PAZ.

«¡Qué guay!», pensó Esteban al recrear su nueva versión de los hechos. Estaba sentado en la cafetería del hospital, tomándose una Coca-Cola y una bolsa de patatas.
Ser rescatado por un extraterrestre es algo que no sucede todos los días. Seguramente Javier, su eterno rival en el cole, se sentiría profundamente envidioso al ver la portada de los periódicos. ¿Qué cara pondría al seguir leyendo? Esteban se regodeaba ante tal expectativa…

«Tras hacer las primeras declaraciones, el chico hizo saber a su público que, en realidad, él podría haber impedido el ataque de los secuestradores, pero que ya conocía de antemano la llegada del extraterrestre, por lo que no quiso darle un chasco estropeándole el viaje a nuestro planeta.
Ante la pregunta de uno de los reporteros sobre el peligro que comportaba dicho contacto, el joven héroe restó importancia al asunto y dijo que eran sólo fantasías de los inexpertos. Todos los entendidos como él sabían que no sólo no era dañino el contacto con seres de otros planetas, sino que, en realidad, podríamos aprender mucho de todos ellos.
A esta objeción, el entrevistador de la cadena CNN insinuó la posibilidad de un contagio…».

«¿¡Contagio!?», se alarmó Esteban, revolviéndose en su silla.

«“Sí”, le respondió el reportero, “todo el mundo sabe que las radiaciones ocasionadas por los viajes intergalácticos son altísimas y que, al contacto con nuestra atmósfera, la piel de los extraterrestres crea unas bacterias que trepan por la piel de quien los toca. Es más, se ha comprobado que esas bacterias son especialmente dañinas para los devotos de la Coca-Cola”».

Horrorizado, Esteban vio el envase que le amenazaba a unos centímetros de su nariz y decidió tomar precauciones. Presumidos o no, los reporteros suelen conocer detalles que a otros se les escapan. Por si acaso…
Fue a la caja, pagó su casi intacta Coca-Cola y subió a la habitación para ver cómo seguía su salvador.



―Inténtalo, hombre, algo…
No re-cuer-do na-da! ¿No entendéis?
¡Amnesia! Los doctores lanzaron su decreto y, por fin, dejaron descansar al infeliz desconocido, que ninguneando la presencia de quienes le veían, cerró los ojos y se entregó a los brazos del cansancio.
¡Pobrecillo! Tuvo que ser la coz que le lanzó el bruto aquel. ¡Desgraciado, bestia, inútil, hijo…! «¡Cálmate, Lorena!», se dijo a sí misma, «no ganas nada con exasperarte y de esa manera no podrás razonar con lucidez».

Salió a la antesala donde estaba el resto de su familia y, acercándose cautamente a su madre, le preguntó:
―¿Y ahora qué hacemos, mamá?
―No lo sé, hija. Supongo que casi nada o muy poco. Por un lado, tu padre tiene razón al decir que no es deber nuestro averiguar la genealogía del joven. Pero por otro se me hace una inmoralidad abandonarlo a su suerte después de lo que hizo por nosotros.
―¿Pero qué podemos hacer, Miriam? –se defendió Luis–. Míralo fríamente y deja de lado tus sentimientos femeninos: el chico no sabe quién es, no tiene ningún documento a la mano con que se le pueda reconocer.
―Además, ¿qué podríamos hacer nosotros? –intervino su hijo Manuel–. Demasiado hemos hecho ya con hospitalizarlo y cubrir los gastos de su estancia aquí.

Ante esto, Lorena no pudo reprimir la indignación:
―¿No te olvidarás lo que hizo por Esteban, verdad?
―Claro que no, Lore. ¡Pero si soy el primero en agradecérselo! Sólo trato de razonar de manera práctica…
―¡Típico de los hombres!
―… para ayudar a todos –continuó Manuel, sin prestar oídos a la recriminación de su hermana–. Intenta entenderlo. Aunque claro, con lo enamorada que estás…
¡No estoy enamorada!
―¿Y por qué esa reacción tan furiosa?
―Basta, niños, por favor –pidió Miriam–. No estamos tratando nuestros problemas, sino ver qué podemos hacer por el joven que descansa en ese cuarto. Se me ocurre algo. Y creo, Luis, que es lo suficientemente práctico como para que los hombres podáis aceptarlo.
―Haces que me ponga a temblar, Miriam.
―¡Bah! No es para tanto. Mira. Todos estamos de acuerdo en nuestra gratitud para con… como se llame, ¿no? Sería un acto de injusticia dejarlo aquí y que las autoridades francesas hagan lo que puedan por él en sus ratos libres. Por ello, creo que podríamos llevárnoslo y ayudarle a descubrir su pasado. Mientras tanto, podría vivir con nosotros; en casa está la habitación de huéspedes.
―¿Y pagarle todo lo demás?
―No te me vuelvas tacaño, Luis. Sabes muy bien que podemos solventar los gastos. Y si es necesario, yo podría dejar de lado algunas cosas.

Escuchar a su madre y elevar suplicante su mirada a su padre fue todo uno en Lorena. Al verla, Luis comentó:
―No me mires así, Lore. Me recuerdas a Lord.
―¿A quién?
―A Lord de Platero y yo. ¿Es que ya no leéis nada los jóvenes? «Sus ojos brillantes eran dos breves inmensidades de sentimientos de nobleza». Pero volviendo a lo nuestro… Hmm… Bueno, está bien. Después de todo, me parece razonable. ¡Manuel, Esteban! Estamos iniciando un camino tal cual lo hizo Dante en su Divina Comedia: al igual que Beatriz, Santa Lucía y la Virgen María llaman al Poeta a iniciar su viaje, son las mujeres las que nos invitan a realizarlo en nuestra familia. ¡Sea!

Lorena se abalanzó al cuello de su padre y le dio un sonoro beso en la mejilla.
―Y luego dice que no está enamorada –comentó pícaro Manuel.

Sin prestar atención a la pulla, y ya serena, emitió una pregunta obvia:
―¿Y cómo le llamaremos?
―¿ A quién? – le preguntó Manuel.
―Como que “¿a quién?”. ¡A nuestro salvador, zopenco!
―¿Quieres llamarle Zopenco?
―No, ya hay alguien en la familia que lleva ese nombre…
―Esteban, lo siento, amigo. Intentaba ayudarte…

Lanzando un resoplido de impotencia, lanzó una mirada suplicante a su madre.
―No sé, hija, supongo que tendríamos que preguntarle. Desde luego, Montalvo sí se apellidará… por lo menos para arreglar su situación legal.
―¿Qué tal Ángel? –propuso Luis.
―¿Ángel?
―Sí. Después de todo, parece como caído del cielo, ¿no?

¡Ángel! Ningún nombre más apropiado para alguien como él. Sonriente, Lorena asintió. Y dada por terminada la conversación, se encaminó a la habitación para ver cómo Ángel seguía durmiendo. Era tal su felicidad, que no se percató de las inquisidoras miradas que el resto de su familia le dirigía a sus espaldas.



Y así fue como, recién cumplidos los 21 años, Ángel Montalvo comenzó a existir.



15 comentarios:

  1. Padre, usted escribe muy bonito cuando no escribe.

    Y no me lo tome a mal, que yo vivo de las letras (de los rótulos más bien, hago anuncios) y he notado que cuando escribe las páginas de su blog, lo hace con mucha libertad y sencillez, con palabras simples y construcciones directas que llegan al corazón. Al leer el primer capítulo de su novela siento que está rebuscando las palabras, los giros, quiere "sonar inteligente" (¡como si no lo fuera!) quiere que lo tomen en serio.

    Quizás eso es lo que lo tiene estancado. El teclado no le fluye porque quiere lucirse, mientras su "tinta de esperanza" se luce sola.

    Mi recomendación "de escritor" (¡ejem!) es que retome la idea desde el principio sin pretensiones. Cuéntenos la historia como nos cuenta cómo se reza el Rosario. Con cariño, sin miedo, como si estuviera contando algo que vio pasar que lo emociona y quiere compartir. Deje que Ángel viva y no se quede pegado en el papel. Como si fuera Matt lavándole los pies a su esposa, como si fuera Vivian, virgen a los 30.

    Porque sospecho que Ángel también tiene mucho que enseñarnos y quisiera poder conocerlo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias de corazón, David. Intentaré hacer lo que me dices. Leí una vez que la simplicidad en el escribir es la mejor arma de persuación. Lo intento... ¡Un abrazo!

      Eliminar
  2. Yo no soy escritor, y leo todo lo que puedo. Me ha atrapado lo que he leido, y lo he leido avidamente. Me parece muy interesante.
    Me parece que está muy bien escrito. De hecho, he leído novelas que se anuncian "a bombo y platillo", y no me parece que lo que ha escrito tenga nada que envidiarle.
    Dicho esto, puedo decir también, que por ejemplo, el último párrafo, se podría escribir mucho más sucintamente. Hay varias ideas, una el interés por hacer algo por el, y otra que la chavala está muy interesada por el. Y eso se puede hacer con más brevedad. Dicho esto, reconozco que me gustaría saber que es lo que pasa. Este capítulo, me parece un aperitivo muy sabroso, que a mi me incita a leer el resto. Espero que siga escribiendo todo lo que falta, le animo a ello.
    La frase del señor don David Quiroa "Padre, usted escribe muy bonito cuando no escribe", me parece muy ocurrente, y como "buotade" está muy bien, es más, me da en la nariz que la he leído o escuchado en alguna parte. En cualquier caso, fuera de eso, creo, Padre, que usted escribe lindo, así que adelante, y denos el placer de llevarnos hasta el final. Abrazos y afecto. DIOS le bendiga.

    ResponderEliminar
  3. Continué escribiendo padre, va muy bien y quiero ver el final de la novela; ya me quede con la intriga de ver que paso........
    Dios lo bendiga Padre Juan y lo ilumine para que siga en su labor pastoral.

    ResponderEliminar
  4. Padre, me ha parecido fantastico y me ha "enganchado" desde el principio....por favor continue con la novela, me ha gustado muchisimo el primer capitulo y estoy deseosa de saber como continua...un abrazo enorme, que Dios le bendiga!

    ResponderEliminar
  5. Padre: Yo creo que usted no es escritor y lo confunde con saber escribir correctamente (ortografía, sintaxis...)

    No haga caso de los elogios bienintencionados de sus amigos.

    Saludos
    PechoBuque

    ResponderEliminar
  6. Juan: Tal vez yo no tenga las aptitudes de un crítico literario ni mucho menos, puedo sentir que estás apasionado con el asunto de tu novela, lo cual me parece excelente. Es bueno pedir consejo y obviamente dentro de todo habrá a quien le guste y a quien no le guste.

    Te puedo recomendar algo sin ningún afán, creo que es un poco recargado y tratas de demostrar tu cultura literaria al citar obras o situaciones de algunos encumbrados escritores, lo cual me parece muy bueno, pero en una conversación tan familiar como la que narras aquí es muy poco probable que se citen ese tipo de obras.

    Te puedo decir que como decimos en nuestra tierra, tuya y mía, "me quedé picado", al final de cuentas es lo que importa, lo que yo te recomendaría es que avanzaras y escribieras lo que va fluyendo. De tu corazón apasionado de escritor fluyen las emociones, déjalas galopar y poco a poco ve corrigiendo, verás que mientras corriges surgirán ideas nuevas que ayudarán a enriquecer tu historia.

    No soy un experto lingüista ni mucho menos, pero siento que estás escribiendo en un español muy ibérico, lo cual no tiene nada malo, tú sabes a quien va dirigida tu novela, pero recuerda también que los escritores latinoamericanos son excelentes y tal vez fluirían más las ideas en tu mente si regresaras al origen, si regresaras a pensar en "mexicano".

    Tú como sacerdote sabes de sobra como orar, pero me permitiré pedir al Espíritu Santo que abra tu mente para que las palabras fluyan, mucho éxito boxito... :)

    ResponderEliminar
  7. Padre, parece que usted es muy consciente de que no es usted escritor. Pero, ¿es que solo los escritores pueden escribir?. ¿Quién da la licencia para poder escribir o no? Creo que en su caso, no es esa la cuestión. Me parece percibir que usted escribe por una cuestión de inquietud interior. Eso basta para hacerlo.
    Hay simplemente quien escribe por terapia, o por muchas otras razones.
    A mi personalmente, me gustaría saber el resto de la historia. Y pienso que es solamente usted quien puede hacer eso. De lo que no cabe duda es que si usted no lo escribe eso se quedará por hacer para siempre. Sea malo, bueno, o regular, sin duda se quedará por escribir. Yo, evidentemente, no conozco sus inquietudes personales para escribir, pero si ha escrito el primer capítulo, alguna inquietud interior ha de tener, sea cual sea. Y pienso que esa es la mejor razón para hacer las cosas. Sentir el deseo, o la necesidad interior para hacer algo, es mucho más que suficiente para hacerlo. Creo que usted tiene habilidad para escribir. Estaría bien que usted desarrollar esa capacidad. DIOS se la ha dado, pero solo usted puede decidir continuar. Alabado sea DIOS, Padre. Muchas gracias por compartir con nosotros lo que ha escrito. Abrazos y afecto. DIOS le bendiga.

    ResponderEliminar
  8. Por otra parte, y en otro orden de cosas, pienso que puede ser lo mismo que con el fútbol. Hay mucha gente que juega al fútbol por puro disfrute, no porque sea un profesional, ni porque lo haga maravillosamente. Hay mucha gente que por ejemplo, pinta y disfruta muchisimo haciéndolo, porque para pintar, no se necesita ni ser Velázquez, ni Rafael, ni Giotto. Pinta porque se siente bien haciéndolo, porque siente esa necesidad interior, porque la apetece, sin más. Escribir o pintar o cualquier otra cosa no está restringido solamente, a los profesionales, o a los que DIOS les ha dado una habilidad muy especial para eso. Yo, personalmente, le animo a que siga haciéndolo, si eso es lo que Usted desea. Hágalo lo mejor que Usted pueda, y como todo en esta vida, para mayor Gloria y Alabanza de Nuestro Señor Jesucristo. DIOS nos ha dado los talentos para algo. DIOS le bendiga. Feliz semana nueva, Padre

    ResponderEliminar
  9. Estimado hombre de Cristo: Debo confesarle que solo pude leer el primer párrafo. Siendo usted sacerdote, no entiendo el por qué sigue la moda mundial de resaltar lo obscuro y darle créditos iniciales al mal. Habiendo tantos hijos de la luz, ¿por qué marcar a los hijos de las tinieblas? Comprendo que es un juego de mercadotecnia literaria para atrapar al lector, pero creo que, en mi particular punto de vista, me siento cansado de tanta publicidad a la Obscuridad. No soy escritor para criticar o alabar lo que pone, soy un simple lector al que le encantaría leer algo diferente sobre el ya tan ofertado mal (digo, comprendo el por qué).
    Con todo, escriba como es usted, sin seguir clichés ni fórmulas, y muéstrenos al Dios del cual está enamorado. Así de simple. Perdone si fue áspero. Un abrazo. Ernesto

    ResponderEliminar
  10. En verdad, no me siento una persona digna de criticar y mucho menos de menos preciar, es en verdad una historia que me ha dejado enganchada y si ya bien ha pasado un largo tiempo de haberlo usted hecho puedo decir que me ha facinado.
    sin más que decir lo dejo.

    ResponderEliminar
  11. Estimado Padre Ruiz, soy una escritora aficionada de Poesía y nunca he incursionado en el tema de la novela a la hora de escribir, pero sí he leído bastante y puedo dejar una opinión con todo respeto. Usted no me conoce, puedo escribir con total objetividad, no tengo necesidad de halagarlo para quedar bien y no tengo ninguna otra finalidad que darle mis impresiones. Me gustó mucho el inicio de su novela y comprendo perfectamente que haya querido poner en primer plano al mal porque es una realidad que todos debemos enfrentar desde que amanecemos -como obrar al respecto, es otra cosa- su personaje central es interesante, no ha dado a notar si es creyente o sólo actúa generosamente por principios éticos, pero está marcado por el valor, la generosidad y la solidaridad humana. Virtudes que neutralizan ampliamente ese pantallazo inicial en el que parece que el mal toma preeminencia sobre el bien...Lo animo a que continúe escribiendo, es interesante la historia que se vislumbra detrás de este primer capítulo y es usted el dueño de la vida de sus personajes, puede hacer de ellos lo que quiera... Se expresa muy bien, escribe con claridad, su formación religiosa le permite filtrar toda intención aviesa y por tanto, puede tener una magnífica oportunidad de ejercer ministerio a través de ella. Un pequeño consejo si me permite dárselo: no intente complacer a todo el mundo... Hay sólo Uno que podrá ponerle nota a su trabajo final. Como hermana en la Fe le dejo a usted mi abrazo fraterno y le deseo el mejor de los éxitos. Cristina Cammarano.

    ResponderEliminar