
Toda vida
consiste en recorrer un camino. La diferencia radica en la actitud con que cada
uno decide andarlo, paso a paso. «Se hace camino al andar», que decía el poeta.
Y en esta vía no existen diferencias de sexo, edad o condición social. Todos nacemos y crecemos con la ilusión –y
la obligación– de llegar al destino final: el encuentro definitivo con Dios.
A aquellos que logran este cometido, los llamamos santos.
Antonietta Meo, una niña italiana, «recorrió velozmente la autopista que lleva a Jesús», como afirmó
de ella el Papa Benedicto XVI. «Nennolina
– dijo el Pontífice – alcanzó la cumbre de la perfección cristiana que todos
estamos llamados a escalar».
¿Quién fue esta
niña santa? Nació el 15 de diciembre de
1930, en el seno de una familia piadosa, en donde, entre otras cosas,
recitaban a diario el rosario. Pero no por eso debemos tachar a Nennolina de
“beatilla”. Todo lo contrario. Era
sumamente avispada y le gustaba muchísimo cantar. La sonrisa no se le
separaba de los labios.

