«Cuando haya sido elevado, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12, 32). Hoy nos encontramos a los pies de Cristo en la cruz, a los pies de un moribundo. Y estamos aquí para acompañarle, para demostrarle nuestro amor profundo. Pero también para escucharle. Suelen decir que las últimas palabras de una persona son sagradas, pues nos marcan con fuego el último recuerdo de la persona amada. Pero el agonizante que acompañamos no es uno más: es el Hijo de Dios. Y su muerte no es una más: a través de ella está redimiendo a la Humanidad. Estamos asistiendo, sin lugar a dudas, a la muerte más impresionante que el Universo podrá jamás presenciar.
Y aún así alguno levanta una objeción: en realidad estamos ante uno mero cuadro. Cristo está dibujado ahí y, sí, sentimos tristeza y amargura… pero de un hecho pasado, algo que yo no viví en primera persona. Por eso no me impresiona tanto.
San Pablo dice en la carta a los romanos: «nosotros, siendo muchos, no formamos más que un solo cuerpo en Cristo, siendo cada uno por su parte los unos miembros de los otros» (Rom 12, 5). Y este cuerpo está, hoy también, crucificado… y nos habla sus siete palabras. ¡Escuchémosle!

