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Durante mi adolescencia existía lo que nosotros llamábamos el mito japonés. Dicha leyenda consistía en la creencia de que Japón era el país más triste del mundo, gracias a la fuerte caída de la religión entre sus habitantes tras la desgracia atómica de la Segunda Guerra Mundial. Y para mis ojos juveniles de púbero recién salido del cascarón ir a ese país me parecía un sinónimo de la antesala del infierno.
