martes, 18 de octubre de 2011

"Bendito es el fruto de tu vientre, Jesús"



Por Jorge Enrique Mújica, LC

El mutuo piropo de lo divino a lo humano (y viceversa)

San Lucas lo cuenta al detalle: Isabel, la parienta de María, queda llena del Espíritu Santo y exclama esa armonía de frases: “Bendita eres entre las mujeres” y “Bendito el fruto de tu vientre”. Queda reconocido lo que de divino hay en lo humano y lo que de humano hay en lo divino. Y una y otra bendición quedan abrazadas por el Creador y la criatura… Dios pone sus alabanzas en boca humana y la boca humana reviste de voz y se hace eco de lo que Dios bendice. Unos versículos más adelante María responde a aquellos piropos del Espíritu con la humildad de la verdad vuelta profecía: “…desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada…”. No es todo. También dice por qué la llamaremos así: “…porque ha hecho cosas grandes el poderoso, Santo es su nombre…”.

Cuando rezamos el “avemaría” y repetimos el “bendito el fruto de tu vientre” prestamos, por así decir, nuestra boca nuevamente al Espíritu Santo y nos convertimos en anunciadores de la Buena Noticia que es precisamente ese fruto del vientre de María, un fruto que lleva la impronta del “sí” de la Virgen y del “sí” del amor de Dios que se hace uno como nosotros. Ambos “síes”, el de Dios que acepta hacerse hombre y de la creatura que acoge en libertad la encarnación de Dios en su seno, son una bendición en que da y a la vez recibe: Dios se da y María también.

¿Qué lección se puede sacar para nuestra vida diaria? Podemos obtener tres orientaciones. La primera es un reto traducido en pregunta: ¿en qué medida podemos reconocer a Dios en los demás? Isabel supo reconocer a Dios en María porque “estaba llena del Espíritu Santo”. Y estar lleno de la tercera persona de la Trinidad supone estar en vida de gracia, sin pecado. ¿Cómo está la vida de gracia personal? Es comprensible que cuando falta la vida de gracia cueste más reconocer a Cristo en el prójimo.

Una segunda lección es la actitud de la Santísima Virgen: ella se convierte en una suerte de espejo, la alabanza recibida es remitida a Cristo, a su hijo, al fruto de su vientre que es, ante todo, reconocimiento de la acción de Dios en su vida. La interrogante aquí sería: ¿en qué medida reconducimos nuestros “éxitos” al Señor?, ¿en qué medida los agradecemos?

Por último, podemos pensar en nuestra condición de apóstoles, de evangelizadores. Repetir ese “bendito es el fruto de tu vientre” supone haber pensado en profundidad lo que esas palabras entrañan. Y lo que entrañan es una declaración de fe en la divinidad de Jesucristo, en ese que “ha hecho cosas grandes y Santo es su nombre”. El fruto del vientre de María es la Santidad, es Dios. No es algo que se dio a sí misma sino un don recibido de Dios mismo: Dios que se le dio como regalo y que ella acogió en libertad. Y esto no puede dejarnos indiferentes. Vistas así las cosas nuestra vida cambia, el rezo del “avemaría”, especialmente en esta frase que nos ocupa, hace pensar en que meditar lo que repetimos se convierte en necesidad de compartirlo y decirlo a muchos más. Se convierte en una misión.


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