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viernes, 12 de octubre de 2012

Christopher Yuan: encontrar la redención en un bote de basura

Christopher Yuan parecía tenerlo todo en la vida: dinero, sexo a placer –en ese entonces practicaba abiertamente un homosexualismo beligerante–, drogas que consumía y, sobre todo, distribuía. Nada parecía faltarle. Hasta que unos golpes en su puerta dieron un giro radical a su existencia: agentes federales entraron en su casa y lo arrestaron por posesión de lo equivalente a 9,1 toneladas de marihuana. Pero aunque en ese momento el mundo parecía derrumbarse para Christopher, la sentencia a prisión resultó ser el primer paso de su redención.
 
Hijo de inmigrantes chinos, Christopher nació en los Estados Unidos; se educó en ese país. Sin embargo, desde muy niño nunca encontró un lugar entre quienes le rodeaban. De estatura siempre pequeña, obligado a usar lentes y de complexión débil, recibió muchos insultos en el colegio por tocar el piano y trabajar en el colegio con más esfuerzo que los demás. 
 
A los nueve años, y mientras visitaba la casa de un amigo, Christopher se topó con una revista pornográfica, una experiencia que le cambió la vida. Así lo cuenta él mismo: «Esas imágenes despertaron en mí algo que no sabía que estaba ahí. Pero lo curioso fue descubrir que me sentía atraído hacia las imágenes tanto de hombres como de mujeres». 

martes, 20 de diciembre de 2011

«Cambia mi vida o mátame»: del cártel de la droga a Cristo

Multimillonario y famoso, galán de varias actrices de Hollywood, jefe de uno de los cárteles de droga más importantes del mundo y ser quien decidía, para decirlo con sus palabras, «a qué Presidente teníamos que sobornar». No, no es la descripción del personaje de Al Pacino en Carlito’s Way o de Marlon Brando en El Padrino. Es el simple retrato de Jorge Valdés.

Cubano de origen, Jorge es consciente de que su vida representa un milagro. Salido de Cuba cuando Castro llegó al poder, perdió la fe al no entender la pobreza económica en que vivía su familia en sus primeros años en Estados Unidos. Los ruegos de su madre resultaron vanos: se declaró agnóstico.

Después de graduarse como contador, un profesor le pidió ayuda para unos clientes suyos que trabajaban en un almacén. Accedió y descubrió que «se trataba de los cabecillas del “Cartel de Medellín”», con los que empezó a colaborar ayudándoles a lavar dinero en el extranjero, manejando unos cincuenta millones de dólares al mes.