– ¡Agustín! ¡¡Agustín!! Pero, ¿dónde se habrá metido éste? ¡¡¡Agustín!!!Por fin, el interpelado llegó corriendo y, extendiendo las manos en señal de disculpa, dijo:
– Perdona, Señor, pero tu Madre me estaba pidiendo algo y ya sabes qué tenacidad tiene.
– Sí –respondió Jesús, mientras se le pintaba una sonrisa– así es Ella. Pero bueno, a lo que iba… ¿Hace cuánto que no vigilas la Universidad de Milán, mi querido Obispo?
– Bueno, Señor… a decir verdad… me pescas un tanto desprevenido. ¿Ha sucedido algo malo? – respondió con susto Agustín de Hipona.
