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viernes, 16 de marzo de 2012

«¿Por qué buscas entre los muertos al que vive?»: la frase a lápiz de Marco Gallo la noche antes de morir

Monza, Italia. Un edificio blanco al lado de Villa Reale. Desde el parque, la niebla de la mañana se levanta, derritiéndose junto al edificio que, durante casi 18 años, fue la casa de Marco Gallo. Tras el accidente que se llevó a Marco la mañana del 5 de noviembre de 2011, se entra en estas paredes con pudor. La primera cara que uno se encuentra es la de la joven y guapa madre, Paola, cuyo semblante se oculta tras un velo que, instintivamente, se retrae ante cualquier pregunta. El padre es ingeniero; ella, profesora. Dos hijas: Francesca y Verónica, de veinte y catorce años. Todos, pertenecientes al Movimiento Comunión y Liberación; todos testigos de un testimonio único: el de su hijo y hermano.

Marco cursaba el último curso de secundaria. Un buen tipo: es el que sonríe en las fotos pegadas con imanes en la nevera de la cocina. El PC de su escritorio está siempre encendido, repleto de imágenes. Como la de aquellas vacaciones en California «en la carretera»: Marco obligó a la familia a recorrer cientos de kilómetros para ver el árbol más antiguo de Estados Unidos, una conífera que brotó hace 4500 años. Al verlo, sus palabras brotaron con entusiasmo: «¿Se dan cuenta? Este árbol ha vivido durante 4500 años».

Así era Marcos: anhelaba las cosas que durasen para siempre. Tenía un cuaderno titulado «Hipótesis sobre el deseo de la felicidad», en donde escribió con su letra pequeña: «Necesitamos una respuesta actual y eterna».