En nuestro andar cotidiano
siempre buscamos la altura
de quien, aún siendo humano,
triunfa en lo sacro y mundano:
¡Vana y triste aventura!
“¿Es que en la tierra no hay santos?
¿Nadie tendrá la estatura?
¿Sólo se escuchan los cantos
de quien, a base de llantos,
miente, trampea o perjura?”.
Mas el quejido sectario
de tan falaz amargura
tiene eficaz Boticario
en Quien está en el Sagrario;
encontrará ahí su cura.
